Algunas enseñanzas de la Economía Política para la actual campaña electoral

A lo largo de la evolución del pensamiento económico varias corrientes han sido llamadas “economía política”. De hecho, la economía moderna en sus orígenes era economía política. Para los economistas clásicos como Smith, Ricardo y Marx la economía no podía entenderse sin la política. Sin ir más lejos, el libro clásico de Ricardo se llama “Principios de Economía Política y Tributación”.

Marx, por su parte, enfatizó el papel de la lucha de clases en el desarrollo de la economía capitalista. De hecho durante muchos años, al menos en la academia colombiana, se le llamó “economía política” al estudio del marxismo y la teoría del valor. Hace 15 años, cuando yo era estudiante en la Universidad de Los Andes, en los cursos de economía política de pregrado y maestría estudiábamos El Capital y “la transformación de valores en precios”. Esos temas no se estudian en los programas de economía modernos con la misma profundidad con la que se hacía antes. De hecho, escribiendo esta editorial encuentro con mucho gusto (y algo de sorpresa) que mi curso favorito de la maestría en economía en Los Andes conserva el nombre de “Economía Política Avanzada” y sigue girando entorno a la polémica de la “transformación”.

Fue después, con el auge de la economía “neoclásica”, que el énfasis en el comportamiento optimizador de sujetos económicos ocupó el centro del análisis, dejando de lado la esfera política. Sin embargo, en las últimas décadas la economía política ha renacido, ya no para hablar del “valor de uso” y el “valor de cambio” de las cosas, sino para reincorporar la esfera política dentro del análisis económico, esta vez sin alejarse del paradigma metodológico neoclásico, que es el predominante.

La (nueva) economía política reconoce que las decisiones económicas de equilibrio no son el resultado de la maximización de la utilidad de individuos racionales que interactúan en mercados competitivos. Se trata en cambio del resultado de procesos de negociación, en el ámbito político, entre agentes con preferencias heterogéneas. Los conflictos derivados de la existencia de intereses particulares que priman sobre el interés colectivo afectan la toma de decisiones económicas. La economía política unifica las herramientas y las categorías del análisis neoclásico con la comprensión de las instituciones políticas y los mecanismos de decisión colectiva, y formaliza los problemas políticos que conducen a resultados económicos particulares.

La economía política se ocupa, entre otras cosas, de la agregación de preferencias individuales en elecciones sociales. Si cada ciudadano o votante prefiere una alternativa de política distinta, ¿cuál escogerá la sociedad? A mediados del siglo pasado el ganador de Premio Nobel, Kenneth Arrow, ofreció una respuesta bastante pesimista: bajo ciertos supuestos razonables sobre las condiciones que deben satisfacer las preferencias sociales es imposible llegar a una elección social única, a no ser que esta decisión se toma de manera no democrática por un dictador.[1] Esta es la esencia del famoso “Teorema de Imposibilidad de Arrow”.

¿Cómo se explica entonces que las democracias sean capaces de hacer toda clase de escogencias sociales y tomar decisiones de política? Una explicación posible es que la escogencia social esté violando sistemáticamente los supuestos razonables de Arrow. Esta no es una posibilidad loca, y en algunos casos es obvio que las decisiones sociales en las democracias son, por ejemplo, claramente intransitivas. Sin embargo algunos economistas contemporáneos de Arrow, como Harold Hotelling y Anthony Downs, demostraron que si, además de ser racionales las preferencias individuales son unimodales, sí es posible agregar las preferencias individuales en una democracia. Que las preferencias sean unimodales quiere decir que los individuos prefieren opciones más cercanas a su política predilecta a opciones más lejanas a la misma.

Este es el origen de una de las herramientas más poderosas y más utilizadas en economía política: el Teorema del Votante Mediano (TVM). El TVM dice que, siempre y cuando las alternativas de política puedan representarse en un espectro político unidimensional (por ejemplo siempre y cuando sea posible ordenar a los candidatos en el espectro continuo de “izquierda” a “derecha”), un sistema electoral de mayoría simple elegirá la opción preferida por el “votante mediano”. Si los votantes pudieran ordenarse ascendente o descendentemente de acuerdo a un atributo que tiene una relación uno-a-uno con la dimensión de política (por ejemplo el ingreso, si se asume que los individuos más pobres prefieren mayores tasas de redistribución y por lo tanto son más de “izquierda” y los más ricos prefieren una menor redistribución y por lo tanto son más de “derecha”), el votante mediano es el individuo que se encuentra justo en la mitad en dicho ordenamiento.

Este resultado es intuitivo. Suponga que la sociedad debe elegir entre la política preferida por el votante mediano y cualquier otra alternativa. Por ejemplo, suponga que se está decidiendo la tasa de tributación (uniforme) que la sociedad adoptará. La tasa preferida por el votante mediano es aquella maximiza su ingreso después de impuestos. La alternativa es una tasa impositiva mayor (menor). Todos los votantes con un ingreso menor (mayor) al del votante mediano escogerán la política preferida por éste a la alternativa que se está considerando (recuerde que los individuos tienen preferencias unimodales). Esto ya le compra 50 por ciento de los votos a la propuesta preferida por el votante mediano. Además, algunos de los votantes con un ingreso mayor (menor) al del votante mediano también escogerán la política preferida por éste. Así, en un sistema de mayoría simple la política preferida por el votante mediano le ganará a cualquier otra opción.

La implicaciones prácticas del TVM son muy poderosas: si la política preferida por votante mediano es escogida sobre cualquier alternativa posible, los políticos en campaña elegirán una plataforma electoral consistente con las preferencias de éste individuo. De lo contrario perderían las elecciones. Es decir, independientemente de la distinta naturaleza partidista e ideológica de los candidatos, unos de más izquierda y otros más de derecha, éstos convergerán durante la campaña a las mismas promesas de centro.

Las recientes elecciones presidenciales en Colombia ilustran este punto. Todos los candidatos que participaron en la primera vuelta quisieron presentarse como la opción de centro, independientemente de su posición objetiva en el espectro ideológico. Piense en los dos partidos situados en cada extremo del espectro ideológico: en la medida en que se acercaba el día de la primera vuelta, Clara López, del partido de izquierda Polo Democrático Alternativo, se presentó como una opción de centro izquierda a pesar de haber escogido como vicepresidenta a una figura emblemática de la Unión Patriótica. El partido Uribista de derecha no sólo usa la palabra “centro” en su nombre, sino que quiere estar más al centro que todos los demás al ser el “Puro” Centro Democrático.

Ya para la segunda vuelta, el esfuerzo de Santos y de Zuluaga por mostrarse como la opción de centro ha incluido la estrategia doble de mostrarse a sí mismo como la opción de centro y de convencer al electorado de que el contendor está muy alejado del centro. Por un lado las campañas de ambos candidatos cada vez tienen más semejanzas programáticas, inclusive en el tema de la paz que hasta hace trece días era el punto de mayor divergencia entre el Presidente y el candidato de Uribe. Por otro lado, Santos ha optado en las últimos debates por referirse a Zuluaga y a su círculo uribista como “la extrema derecha”. Por su parte, el Uribismo ha querido caricaturizar el proceso de paz como una rendición del estado frente a la izquierda terrorista. Esto a pesar de los claros avances en tres de los cinco puntos de la agenda de discusión en poco más de un año y medio.

Varios otros temas de la economía política sirven para entender fenómenos de la evolución reciente de la política local. Con mi colega Leopoldo Fergusson tenemos una agenda de investigación ambiciosa que usa el enfoque de la nueva economía política para entender temas como la obsesión de Uribe por la guerra, la “Parapolítica” o los “Falsos positivos”. Lastimosamente esta editorial ya excede el espacio que generosamente me concedió la Revista Coloquio y no puedo profundizar sobre esos temas. Sin embargo, quiero terminar con una publicidad descarada: a partir del 1 de julio de este año la  Facultad de Economía de la Universidad del Rosario ofrecerá en dos módulos de una semana cada uno un curso de verano sobre principios y aplicaciones de economía política. Espero que este escrito lo convenza de que se trata de un campo de estudio apasionante. Las inscripciones están abiertas, ¡allá nos vemos!

 

Por Juan Fernando Vargas: @juanf_vargas

 


[1] Para el lector curioso, estos supuestos son: i) las preferencias sociales deben ser racionales. Es decir, deben ser completas y transitivas. Que sean completas significa que la sociedad debe ser capaz de comparar y ordenar dos políticas distintas cualquiera. Que sean transitivas significa que en caso de preferir la política “y” a la “x”, y la “x” a la “z”, entonces la sociedad debe preferir la “y” a la “z”. ii) Las preferencias sociales deben ser unánimes. Si todos los individuos prefieren “y” a “x”, entonces la sociedad también debe preferir “y” a “x”. iii) Las preferencias sociales deben ser satisfacer el principio de independencia de alternativas irrelevantes. El ordenamiento social de las políticas “x” y “y” depende únicamente de cómo los individuos ordenan esas dos alternativas, y no otras.