Alta abstención y ¿decadencia de la democracia?

Los recientes resultados de la primera vuelta presidencial en Colombia han llamado poderosamente la atención por su alta abstención de 59,9%. De hecho, es la menor participación en una primera vuelta presidencial desde 1994, en la que el 66% de los votantes habilitados no ejerció su derecho al voto. No obstante, este no es un asunto nuevo en nuestro país, donde la participación electoral[1] ha sido en promedio de 44,3% desde la entrada en vigencia de la  constitución política de 1991 (1994 – 2014).  Varios análisis han apuntado hacia la alta abstención como evidencia inequívoca de la debilidad del sistema democrático colombiano. Sin embargo, ¿más votos equivalen directamente a más y mejor democracia? ¿existe una correlación entre altas tasas de abstención y el declive institucional? ¿es ésta una característica intrínseca y exclusiva de “democracias en decadencia”?

Pensemos primero en cuatro países cualesquiera, digamos A, B, C y D. El país A tiene en promedio de las últimas 4 elecciones presidenciales una participación del 55%, el B del 46%, el C del 72,8% y el D del 72,5%. ¿Nos dicen estas cifras algo sobre la fortaleza de la democracia de cada país? La respuesta no podría ser más que un rotundo no. El país A es en realidad Estados Unidos de América, el B es Suiza, el C es Venezuela y el D es Irán[2]. Según el Índice de Democracia elaborado por the Economist Intelligence Unit, los dos primeros países son considerados como democracias plenas, mientras Venezuela es clasificada como un régimen híbrido e Irán como un régimen autoritario[3]. No es extraño que algunos dictadores presionen a sus ciudadanos a acudir a las urnas (o incluso alteren los resultados) buscando legitimidad. Un ejemplo histórico al respecto es el referendo del 2002 en el que que Sadam Hussein y sus estadísticas oficiales registraron una participación del 100% de los electores.

Por otro lado, si se supone que quienes no votaron y quienes si votaron tienen las mismas preferencias, es decir, si la muestra de votantes recoge el deseo de la población total, no hay razones para argumentar que la abstención es negativa, pues los resultados no variarían con cambios en el número de votantes. Si por otro lado, suponemos lo contrario (que hay una diferencia en características relevantes entre quienes ejercen su derecho a elegir y quienes no) los efectos en términos de si se cumplen o no las dos funciones principales de las elecciones en las democracias (mandato y rendición de cuentas) depende fundamentalmente de la esencia de esas diferencias. El doctor en Ciencia Política Martin Rosema explica que, por ejemplo, si la diferencia es entre quienes votan analizando las propuestas y quienes votan por el color de los ojos o el sex-appeal del candidato, se puede presumir que los objetivos de la elección se cumplirían mejor si estos últimos se abstuvieran de participar[4].

Si nos centramos en la función de mandato de las elecciones, es decir, que una persona vota para afectar las políticas públicas en formas que sean significativas para ella, la abstención puede tener causas no del todo preocupantes. Por ejemplo, si para los electores los resultados de los comicios no afectan de manera relevante las políticas públicas ¿que los incentivaría a votar? Suiza es el típico ejemplo de este tipo de abstención, debido a que las decisiones de mucha importancia no las toma el parlamento o el gobierno aisladamente, sino que siempre se someten a referendo. En Estados Unidos, por otra parte, el sistema de división de poderes hace más difícil para el presidente realizar reformas estructurales. Es de suma importancia entonces, comprender que la abstención puede tener diversas causas, no todas ellas relacionadas con una democracia débil[5].

En conclusión, es sencillo achacarle nuestros problemas a aspectos concretos, ponerle nombre y cara a nuestros fantasmas. Simplificar la realidad nos facilita la comprensión de la misma, nos hace más sencillo tomar decisiones y asumir roles. Sin embargo, hacerlo en exceso nos puede llevar a distorsionar la realidad, con sus respectivas consecuencias, haciendo confundir síntomas con enfermedades. Los sistemas democráticos son mucho más que un compendio de comicios electorales. ¿Sirve de algo preguntar al pueblo sus deseos si no existen las instituciones que puedan cumplir su con su mandato? ¿qué función pueden cumplir unas elecciones si todos los votantes se sienten intimidados de expresar sus autenticas decisiones? De ninguna manera se podría sugerir que la baja participación electoral en nuestro país deba ser ignorada y que sus efectos no sean considerables, sin embargo, es claro que no son, aisladamente, un indicador de debilidad democrática.

Por Andrés Espitia: @afespitia


[1] Los datos en esta columna se refiere exclusivamente a primera vuelta de elecciones presidenciales.

[2] Fuentes: US Census Bureau, CNE y IDEA (http://www.idea.int). Para Suiza, se utiliza el dato de elecciones parlamentarias.

[4] Rosema, M. (2007). Low turnout: Threat to democracy or blessing in disguise? : consequences of citizens varying tendencies to vote. Electoral Studies, 26 (3). pp. 612-623.

[5] Franklin, M. (1999). Electoral engineering and cross-national turnout differences: What role for compulsory voting?. British Journal of Political Science, Vol. 29 (1). pp. 205-216.