Bogotá entre Escila y Caribdis

Según la tradición griega existían dos terribles monstruos marinos ubicados a los dos lados de un estrecho canal, tan cerca el uno del otro que los marineros que deseaban pasar por este lugar debían escoger entre uno de ellos, porque alejarse de uno inevitablemente significaba acercarse al otro. Esto es precisamente lo que parece suceder en la navegación democrática de países como el nuestro. O nos devoran las fauces hambrientas de los corruptos de turno o sucumbimos en las aguas turbulentas de la improvisación producidas por los ineptos. Y es que parece ser que en ambientes pocos institucionalizados, la democracia más que una bendición puede ser una total contradicción.

En el caso de Bogotá, la terrible y corrupta administración de Samuel Moreno, de la cual aún seguimos conociendo sus desastrosas consecuencias, produjo una apatía generalizada hacia lo público, sumió a Bogotá en un completo caos y redujo considerablemente la calidad de vida de sus habitantes. Sin embargo, ante tan aterrador panorama la siguiente administración no ha sabido responder ante los desafíos que significaba sacar a flote la ciudad. Por más que se pueda estar de acuerdo con las consignas generales de la administración actual – disminuir la segregación social y la desigualdad, defender los derechos de las minorías y los grupos más vulnerables, abogar por una participación pública en las soluciones a los problemas de la capital y defender un desarrollo sostenible amigable con el medio ambiente – el actual discurso de confrontación, la falta de autocrítica y la improvisación a la hora de la implementación de las políticas ha hundido más a la cuidad en el abismo del descontrol. A pesar de que ciertas políticas pueden ser de beneficio para la sociedad como la peatonalización de la séptima, la suspensión de las corridas de toros o la política de reciclaje, su imposición a la fuerza por medio de los trancazos, mas que ayudar en su imagen positiva ha logrado un distanciamiento con la opinión de la mayoría de los ciudadanos.

El alcalde Petro puede estar bien intencionado con su programa de gobierno pero su falta de experiencia en la ejecución de políticas y administración, sumado con la ineptitud y terquedad para reconocer sus propios errores, le están pasando una cuenta de cobro a la ciudad. Cuentas que están siendo aprovechadas por los enemigos políticos del alcalde, aves de carroña que no buscan el bien de la ciudad sino que esperan los tumbos erráticos del alcalde para abalanzarse sobre el botín político y burocrático que significa la capital. Medidas como el referendo revocatorio del mandato o la destitución por parte del procurador son medidas simplistas ante la gravedad del rumbo que está tomando la ciudad. Dejar a Bogotá sin un timón de mando y con una pelea burocrática a cuestas pude generar una situación peor.

La solución en el corto plazo la tiene el alcalde, que tiene que dejar de pelar con las encuestas, ver conspiraciones en todo lado (aunque parte de éstas sean ciertas), reconocer sus errores, y al final ejecutar. La solución de largo plazo la tenemos los ciudadanos. Es necesaria una participación democrática en la que más que por personas se vote por ideas, en la que no solo importen las mayorías sino unas mayorías informadas y conscientes. Cuando entendamos que la democracia mas que depositar un papelito en una caja cada cuatro años en el que ganan unos, es la participación consciente y deliberación de todas las ideas para hacer de las condiciones de la mayor parte de las personas unas mejores, así podremos liberarnos de los corruptos y de los ineptos.

Por Dario Romero: @DarioARomero