El culto del avispado sep15

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El culto del avispado

Antioquia ha sido una región que siempre se ha catalogado por su gente pujante y “berraca”, a la que no siempre he defendido, porque me parecen más bien eufemismos para ladrones y oportunistas. El paisa que tumba al pastuso o a cualquiera que se deje tumbar.

Sin embargo, ahora que uso el transmilenio en Bogotá, extraño mucho la “cultura Metro” de Medellín, y no porque el servicio no estuviera siempre tan congestionado o porque crea que el sistema de transporte era eficiente, sino porque la gente en Medellín se acostumbró a respetar la línea amarilla, a que “dejar salir, es entrar más fácil”, a dar el puesto sin necesidad de sillas azules, a hacer filas en la estación de San Antonio, a saludar y a sonreír como les sugerían por altavoces en las estaciones. Pero más que todo, los medellinenses adoptaron lo que podría denominarse como “la condena social” y por eso nadie tira basura en el vagón del metro aún con la ausencia de cámaras y policías, porque los mismos ciudadanos ejercen un control y una presión que exige respeto.

Desafortunadamente, no pasa lo mismo cuando salen de la estación, los choferes de los buses no desaprovechan ninguna oportunidad para no devolver a tiempo los vueltos al que paga con un billete de diez mil, a ver si se lo olvida al pasajero, y las historias de estafas y fraudes van por toda la ciudad de norte a sur, como el metro. Aunque mal haría yo limitando los ejemplos al Valle de Aburrá, lo tomé como un escenario conocido para sustentar que, el problema en Colombia, no es una asunto de valores morales, sino la completa carencia de un marco ético. El problema se evidencia en todo el país, desde la costa norte donde está el (afortunadamente) ex-senador Merlano, hasta los escándalos en la DIAN, el carrusel de la contratación, SaludCoop y como dejar pasar por alto el nacimiento de DMG en el olvidado Putumayo.

Con una extensa lista de ejemplos de corrupción y de anécdotas propias de avispados en la calle, es posible evidenciar que hacerle frente a los avispados colombianos es un problema que va más allá de la aplicación de cualquier norma formal.

Parece ser que solo desde la ética es posible encontrar una solución, modificando el imaginario colectivo de los ciudadanos y creando dentro de éste un adecuado conjunto de valoraciones generales que hagan posible la convivencia y el respeto por los acuerdos sociales, de manera tal, que este sólido marco ético nos permita eliminar el “relativismo moral” con el que los colombianos sancionamos al político corrupto, pero aplaudimos al que nos deja colar en la fila, o con el que el gerente de un poderoso banco muestra indignación por el comportamiento poco ético de algunos de sus empleados, pero que no responde por las quejas de millones de usuarios que se sienten robados y abusados por la institución.

Surge entonces el interrogante, ¿cómo lograrlo?, aunque más interesante me parece plantearnos ¿cómo lo logró el metro? Muchos están de acuerdo en que la educación es la salida, porque así lo hicieron Mockus y Peñalosa cuando esta capital era un ejemplo de cultura ciudadana. Yo le apuesto a que esa es la solución, la educación, desde la casa, la escuela, la universidad y el trabajo, pero también, que nos enseñen a acabar con el cinismo, porque no podemos criticar al que se roba mil millones y alabar al que no paga lo que por error no le facturaron. Así, es necesario, adoptar como parte de nuestra idiosincrasia, principios universales como el respeto y la igualdad, de los que se desprenden la tolerancia, la paciencia y la honradez.

Cuando los colombianos logremos comprender que el que regresa el dinero de más que el mesero nos dio con nuestros vueltos, no es bobo si no honrado, cuando nos parezca natural hacer filas sin que nadie nos lo imponga, dejemos de sobornar al policía de tránsito por no llevar el cinturón, y que ellos nos dejen de pedir plata para no ponernos una infracción, podremos comenzar con el debate de soluciones desde la moral; porque si ni siquiera conocemos la teoría, ¿cómo podremos llevarla a la práctica?

Finalmente, dejemos que la economía nos enseñe algo además de maximizar ganancias, pues es posible evidenciar que las actitudes de las personas son comparables con lo que se define como el equilibrio de Nash: “…, un equilibrio de Nash es una situación en la cual todos los jugadores han puesto en práctica, y saben que lo han hecho, una estrategia que maximiza sus ganancias dadas las estrategias de los otros. Consecuentemente, ningún jugador tiene ningún incentivo para modificar individualmente su estrategia. Es importante tener presente que un equilibrio de Nash no implica que se logre el mejor resultado conjunto para los participantes, sino sólo el mejor resultado para cada uno de ellos considerados individualmente. Es perfectamente posible que el resultado fuera mejor para todos si, de alguna manera, los jugadores coordinaran su acción”. Así, parece casi obvia la solución y es -aprovechando ahora que se puso de moda el fútbol- jugar en equipo, para ver si nos dejamos de meter tantos autogoles.

Por Juliana Jaramillo

 

Referencias bibliográficas

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