La esperanza en la abstención

En un país en el que las altas tasas de abstención son norma y no excepción , y en el que la mayoría de los ciudadanos ni siquiera recuerdan por quién votaron en las pasadas elecciones legislativas, no parece posible que estemos sorprendidos por un no despreciable grado de indiferencia con respecto al próximo proceso electoral. Sin embargo, es así, nuestra memoria no registra experiencias en las que hubiese existido tal nivel de desidia y desinterés por quienes tendrán que tomar muy importantes decisiones sobre el ordenamiento legal de nuestra Nación, y por ende, quienes poseerán el poder para afectar de diversas maneras posibles nuestro bienestar.

Aun así, existen múltiples razones que posiblemente expliquen el exacerbamiento del cansancio y menosprecio que el colombiano promedio siente y experimenta cada cuatro años.

La imagen desfavorable que han registrado el Congreso, los partidos políticos y en general gran parte de las instituciones de nuestro sistema se ven retroalimentadas por un cansancio general de la ciudadanía con respecto a este tipo de temas. El proceso de paz, los múltiples escándalos, la crisis venezolana y la ausencia de novedades observables en el debate han deteriorado el ánimo y la receptividad del electorado. La desconfianza en las instituciones y un panorama económico a grandes rasgos positivo (bajas tasas de desempleo, de inflación y crecimiento dinámico) han incentivado un menosprecio general de la labor del Estado.

Hace cuatro años el contexto se mostró en absoluto diferente. Aún estaban en el ambiente las consecuencias de la crisis financiera internacional, y la economía colombiana prácticamente no creció durante el 2009. El escenario político surgió entonces como una catarsis a la situación del momento. Lo anterior sumado a la negativa por parte de la Corte Constitucional a la posibilidad de una segunda reelección del entonces presidente Álvaro Uribe, generó una sensación de cambio, de innovación, de novedad, que fue capitalizada por varios con una esperanza de cambio, de mejoría y casi de “salvación”.

Hace cuatro años los escándalos no eran nada escasos (sólo los “falsos positivos” fueron suficientes para llenar titulares y columnas). Nombrarlos todos agotaría por completo el espacio de este artículo (¡y de varios más!). Sin embargo, en el pasado proceso hubo fenómenos que despertaron la esperanza, fue esa la pieza clave, es eso lo que hoy brilla por su gran ausencia.

Esa esperanza no fue capitalizada. Por uno u otro motivo esos líderes que despertaron pasiones, no pudieron cristalizar una opción auténtica de renovación de las alternativas en el espectro político. Para ellos fue más sencillo transarse en vetustas discusiones y disputas por el liderazgo, su humildad no estuvo a la altura de las expectativas, y sus egos contribuyeron en la cristalización del escenario actual: ausencia de esperanza, carencia aparente de alternativas, y por ende, falta de entusiasmo. ¿A quién le sorprende?

En las campañas políticas el Santo Grial parece ser un cóctel que mezcla tres ingredientes: estructura política (llámese maquinaria), carisma y buenas ideas. Aparentemente ningún candidato a la presidencia o al Congreso parece haber encontrado una combinación adecuada de esos ingredientes que lo lleven a diferenciarse del resto. Tal como están las cosas, las únicas masas que se moverán serán las de los tamales, seguiremos quejándonos de nuestro destino, pero sentados frente al televisor sin energías para cambiarlo. Y a que no adivinan quiénes serán los ganadores con el mantenimiento del status quo.

P.D: Viendo las experiencias de Venezuela, Ucrania, et al. Queda claro que es prácticamente un deber ciudadano apoyar a aquellos que defienden, por encima de todas las cosas, la libertad.

Por Andrés Espitia: @afespitia