La política comercial del próximo gobierno colombiano

El director de Coloquio me invitó a escribir sobre el futuro de la política comercial colombiana, una vez conocidos los dos aspirantes a la Presidencia de la República. Cumpliré brevemente porque ambos candidatos mantendrán, quizás con algunos matices, lo que ha sido una política de Estado desde hace más de veinte años. Aquí podría terminar el encargo, pero quisiera ofrecer algún sustento y complementar con hechos asociados a los que debemos estar muy atentos.

Juan Manuel Santos y Óscar Iván Zuluaga mantendrán el proceso de inserción internacional por la vía de acuerdos comerciales iniciado en la década de los años sesenta con Latinoamérica y continuado en este siglo con países desarrollados. Esto quiere decir que ninguno hará pedido de  renegociación de los TLC y mucho menos los denunciará como algunos quisieran. Los matices pueden estar en qué tan agresivos o cautos serían en la asignatura pendiente con Asia. Tras el TLC suscrito con Corea del Sur, pienso que ambos candidatos continuarán la negociación en curso con Japón, ya que no genera resistencias más allá de algunas posiciones ideológicas, y serán muy prudentes en un acuerdo con China por las amenazas que representa y se expresan en nuestra balanza comercial.

Los dos aspirantes creen en las bondades del libre comercio pero con la moderación que ha caracterizado a Colombia. Santos lo ha expresado con claridad en su línea de la tercera vía, y la noción de gobernabilidad que maneja lo hace permeable a sectores sensibles. Zuluaga ha sido un empresario exitoso que entiende muy bien las ventajas de ampliar mercados y los problemas que causan competencias inequitativas o desleales desde el exterior. Pero cualquiera de los dos, antes que refugiarse en salvaguardias proteccionistas, debe preferir el impulso a las condiciones internas para hacer competitiva la producción de bienes y servicios.

De manera que en política comercial no esperemos sorpresas ni cambios estructurales en aranceles ni restricciones. La apertura continuará con la inercia de las desgravaciones y disciplinas pactadas en los acuerdos con países desarrollados. En casos excepcionales y debidamente soportados, se aplicarían las medidas de defensa comercial transitorias que admiten todos los acuerdos. Tampoco debemos esperar inclinaciones a proyectos como el Trans Pacific Partnership –TPP-, una iniciativa aperturista muy agresiva, ante la que cualquier TLC palidece.

Me atrevería a sugerirle al próximo Presidente dar el vuelco de fondo que se necesita en los procedimientos aduaneros para entrar, sin los titubeos actuales, en el paradigma de confianza y controles posteriores. Sabemos que hay intereses muy poderosos que lo impiden, con alto costo por las ineficiencias que se generan en un estatuto aduanero laberíntico y una sistematización amarrada a él. Debe haber una determinación política capaz de soportar todo tipo de embates.

Lo otro es repensar las zonas francas por sus efectos de relocalizaciones, porque convierten la regla en excepción y alteran la concepción de territorio aduanero. Y con ello, una revisión integral de las herramientas comerciales de promoción de exportaciones que se yuxtaponen. Hay demasiados regímenes especiales algo desarticulados con costos burocráticos, fiscales y de transacción.

La política comercial es un componente muy importante de la política exterior y ésta, con todos los demás elementos, está sujeta al acontecer internacional donde hoy el nombre del juego es bloques económicos, energéticos y territorios. Qué mejor ejemplo que la reciente crisis de Ucrania.

De esos tres elementos críticos se derivan aspectos centrales de la agenda internacional como desarrollo, ambiente, migraciones, actores no estatales, metas del milenio y otros asuntos más, focalizados por tensiones y distensiones históricas o de coyuntura.

La política comercial de un país, acorde a su modelo de desarrollo, debe diseñarse para aprovechar la inserción en bloques económicos y comerciales. Parece evidente que Colombia ya comparte las disciplinas del libre comercio, en el marco de los acuerdos de nueva generación conocidos como TLC. Pero moveros en ese escenario no es suficiente. Es preciso estar atentos a lo que está sucediendo con los grandes jugadores en el mundo, particularmente los TLC que negocian Estados Unidos con la Unión Europea y, por otra parte, China, Corea del Sur y Japón.

En Colombia, aparte de quienes por profesión y gusto seguimos esos desarrollos, poco se toma nota de ellos. Sin embargo, la suscripción de esos acuerdos va a generar efectos en la economía mundial y en las corrientes de inversión. No podemos mirarlos como cosa ajena. Indirectamente estamos involucrados y de allí se desprenderán grandes oportunidades y posiblemente amenazas.

Otro elemento a tener muy presente es el de los nuevos balances en el mundo con motivo de los hallazgos de energéticos en el hemisferio americano y los desarrollos tecnológicos para la extracción de los combustibles de esquisto. Canadá, Estados Unidos, México y Brasil moverán el eje del poder energético mundial hacia occidente, con lo que ello significa en la política internacional.

En una campaña política pocos votos debe dar la política exterior, menos la política comercial y menos aún el comercio de servicios. Supongo que ambos aspirantes a la Presidencia tienen claridad que el mundo ingresó hace rato en la sociedad del conocimiento y algo habrá que hacer para incorporarla en nuestros patrones productivos.

 

Por Gustavo Guzmán Manrique: @GusGuzmanM
Internacionalista, docente, consultor.
gusguz06@gmail.com