Laissez-Faire

Como ya es costumbre en este país ante el establecimiento  de un tema en la agenda nacional, todos nos levantamos como los más profundos conocedores y expertos en asuntos tan diversos y complejos como: la forma en que manejamos  las relaciones con los países vecinos, la conducción de la selección de fútbol y más recientemente el proceso de paz. Esto no tendría nada malo ya que en una democracia, como  la que esperamos algún día llegar a ser,  todos tenemos derecho expresar nuestras opiniones. Sin embargo, ante un tema trascendental como las conversaciones entre el gobierno y las FARC, la fauna nacional no ha desaprovechado la oportunidad para pegarse un pantallazo de fama, propio de este país donde la aparición en las páginas sociales es codiciada como el nivel máximo de status y en el que se necesita la aprobación de Juanes para darle vía libre a las negociaciones.

Sobre la forma en que se ha llevado a cabo el proceso, hasta ahora se han dado diferentes opiniones. Se ha dicho que es pertinente iniciar las negociaciones sin un cese al fuego porque este solo se da en condiciones de mutua confianza; o que esto es perjudicial porque aumentará los incentivos para demostrar la fuerza de las partes en la mesa y por consiguiente la violencia en el país.  Se ha recalcado que la negociación de los temas trascendentales para el país, como la política agraria, con un grupo terrorista es un premio para los violentos y un desprecio por el orden constitucional hasta ahora construido; o que esto es necesario para eliminar las causas fundamentales de la guerra. Se ha recomendado que el proceso debe estar acompañado por la sociedad civil y debe ser validado por un referendo; o que debe ser llevado con absoluta cautela por las partes involucradas para no debilitar la posición del gobierno. En fin, múltiples opiniones encontradas que demuestran lo polémico de este tema. Sin embargo, lo fundamental del proceso en mi opinión, además de los puntos a negociar, aun no se ha revelado y sólo se conocerá una vez avanzado este proceso.

De la cantidad y el tamaño de los sapos que nos tendremos que tragar para garantizar el derecho de no repetición, verdad y reparación a las victimas sólo se conocerá una vez avance el proceso. Pero criticarlo por la posibilidad de que este conduzca a una  impunidad total no sólo es irresponsable sino oportunista. Como también lo son  aquellos que ven en el inicio de las negociaciones la reivindicación de las causas unos luchadores románticos como los comandantes de las FARC, y que traerá consigo la solución en los problemas que aquejan a Colombia desde décadas. Ciertamente los problemas de Colombia no  inician ni terminan con las negociaciones.

Si se logra el fin del conflicto con las guerrillas este supondrá un desafío en el post-conflicto, en especial el proceso de reconciliación entre las víctimas y victimarios. Además del manejo del grupo de posibles excombatientes y de las aun presentes posibles fuentes de financiación como el narcotráfico y la minería ilegal. Si bien sería un avance en la solución de nuestros problemas la salida negociada del conflicto, con o sin paz, también  hay temas que apremian en  su atención como el desempleo o los índices de desigualdad. Sin duda hay que apoyar el proceso pero sin hacerse falsas esperanzas como última panacea  que convertirá al país en el paraíso que tanto pregona el chauvinismo de algunos de nuestros dirigentes, más propio de fanáticos religiosos que de encargados de las políticas nacionales.

Antes de hablar sobre la futurología que puede traer el proceso de paz, hay que dejarlo ser y esperar como se desarrollará para opinar de sus consecuencias y debatir sobre los caminos que faltan por recorrer para hacer de Colombia un mejor país.

Por Dario Romero: @DarioARomero