Las lecciones del proceso electoral estadounidense

Se ha escrito mucho, y los medios de comunicación tradicionales han dedicado abundante tiempo al análisis de las implicaciones de la reelección de Barack Obama como presidente de los Estados Unidos de América. Las elecciones del pasado seis de noviembre han sido analizadas desde múltiples ópticas: las prioridades de los electores, la influencia de la situación de incertidumbre en la economía mundial, las repercusiones de los sucesos en los países árabes (incluido el asesinato del embajador estadounidense en Libia), el papel de los latinos y demás minorías, entre muchos otros puntos de vista de destacados estudiosos del tema.
En esta ocasión, quisiera aprovechar este espacio para ilustrar algunas enseñanzas y lecciones resultantes de este reciente proceso democrático.

El primero de ellos puede resultar obvio a simple vista, pero revela una realidad que muchos estrategas políticos ignoran u olvidan durante las campañas. Me refiero al hecho de que la intención de voto y los votos propiamente dichos no son lo mismo y no necesariamente tienen que coincidir. Transformar el deseo de los ciudadanos de que uno u otro candidato sea electo en votos efectivos requiere de estrategias que motiven al elector a ir a las urnas (o enviar su voto por correo como es permitido en muchos estados norteamericanos), se necesita también de una logística que permita el ejercicio del voto, que oriente al ciudadano sobre como ejercer su derecho, algo que se traduce en lo que los colombianos llamaríamos “la maquinaria”. En este aspecto los demócratas obtuvieron una inmensa ventaja, especialmente en los estados claves para la elección (los llamados “swing states”), al llevar a las urnas a sus partidarios.

La elección de José Luis Rodríguez Zapatero en las elecciones españolas del 2004 revalida esta situación, cuando a través de mensajes de texto, se impulsó la asistencia de sus adeptos a las urnas. En el plano colombiano, la sorpresiva ventaja obtenida por Juan Manuel Santos en la primera ronda de las presidenciales del 2010 (cuando las encuestas daban un empate técnico con Antanas Mockus) se le puede atribuir al mismo hecho, la capacidad para llevar a los votantes a las urnas.

Lo anterior nos lleva a una segunda lección: las encuestas se deben leer más allá de los números. El cinco de noviembre había prácticamente un consenso general dentro de los “gurús” de las elecciones en que, ganara quien ganara, la elección resultaría apretada. Incluso una gran mayoría anticipaba una larga espera para conocer quién sería el huésped de la Casa Blanca. La realidad fue distinta, una vez se conocieron los datos de estados claves se mostró una tendencia a favor de la reelección del candidato del Partido Demócrata. Las encuestas, primero que todo, revelan una intención, que insisto, no necesariamente se traduce en votos si no existe la logística y motivación adecuada. Por otro lado, las encuestas se “contaminan” con la euforia de la última noticia, el último debate, el último suceso, al final el electorado tiende a elegir más por razones estructurales que por coyunturas inmediatas.

Una tercera enseñanza nos invita a reflexionar sobre el efecto de los sistemas electorales en el ejercicio democrático. Cuando más importante considere el elector su voto, mayores incentivos tendrá para asistir a las urnas. Es un hecho que los Estados con mayores tasas de participación electoral son precisamente aquellos considerados como claves, el votante sentirá que su voto es fundamental en la definición de los resultados y esto lo motivará a participar en el proceso.

Por el contrario, los estados considerados “seguros”, en los que se da por hecho el ganador, sentirán menos deseos de asistir a las urnas. Entre otras cosas, porque los sistemas electorales también terminan definiendo la misma agenda de las campañas, los candidatos visitan y dirigen sus más agresivas propuestas a aquellos Estados “menos ideológicos” y con mayor incertidumbre sobre los resultados.

Por último, otro aspecto que se puede corroborar consiste en la dificultad de vencer a un mandatario que pretende ser reelecto. Desde 1960, nueve presidentes en ejercicio han aspirado a un segundo periodo en Estados Unidos, solo tres han fallado en su intento (Gerald Ford, Jimmy Carter y George H. Bush). En palabras del congresista colombiano por el Partido Verde, Alfonso Prada, “cuando las reelecciones se aprueban constitucionalmente, prácticamente se aprueban prórrogas de periodos con un referendo en la mitad para que sea el mismo electorado quien defina si se ha hecho bien o no la tarea”. Y esa precisamente parece ser la realidad.

Por Andrés Espitia: @afespitia