Presidente-candidato: ¿ventaja o desventaja?

Se da prácticamente por sentado que en las próximas elecciones se repetirá el escenario del año 2006, con un presidente-candidato, con mayorías en el Congreso y una gran expectativa por parte del pueblo.

Es evidente que quien ostenta el poder tiene ventajas sobre los demás candidatos. Por ejemplo, puede desplazarse por el país sin mayor costo (o bueno, con gran costo que amablemente pagamos los contribuyentes), de forma similar, goza de exposición mediática sin igual, y con un poco de creatividad e inteligencia se pueden usar actos oficiales para ganar popularidad (aún sin caer en la ilegalidad).

Es ésta entonces una carrera con un competidor en ventaja. La cuestión radica en que ese competidor tiene mucho más que perder. La política se trata de sumar, decía sabiamente mi abuelo. Los buenos programas no se ejecutan si los electores no brindan su respaldo. Y eso será lo que ocurrirá hasta el día de las elecciones: una guerra por sumar.

El competidor con ventaja querrá mantenerla (si no ampliarla) y eso requerirá tener contentos a muchos, literalmente a demasiados. La “Unidad Nacional” ha terminado siendo un variopinto maremágnum con intereses diversos. Todos los partidos de la coalición saben lo importante que significa para el presidente-candidato mantener la unidad (y por ende su ventaja), precisamente por eso venderán al mayor precio posible su apoyo y permanencia en dicha coalición. Esa lucha al interior de la coalición de gobierno por imponer intereses y sacar provecho de un presidente-candidato necesitado de apoyo, podría convertir esa ventaja inicial en un potencial flanco, que los otros candidatos podrán explotar.

Los demás candidatos, sin importar quienes sean, buscarán a como de lugar forzar a una segunda vuelta (como están las cosas, se ve imposible que alguien diferente a Santos pueda, siquiera soñar, con ganar en la primera vuelta). Para lograr dicho objetivo buscarán debilitar al máximo y restarle el mayor apoyo posible a la actual coalición, lo cual no parece del todo imposible, si se da un adecuado manejo a los desaciertos del gobierno, que no son pocos, y se hacen propuestas versadas en el querer de los votantes.

La racionalidad política aflorará: se ofrecerán cargos, se despertarán intereses, habrá inclusión de propuestas llamativas para el votante (llámense populistas) y se negociarán todo ese tipo de asuntos que tan hábilmente nuestros políticos manejan.

El presidente-candidato se enfrentará entonces a una interesante coyuntura, sus oponentes ofrecerán muchas cosas para restarle apoyo, pero ellos tienen una ventaja: no tienen que cumplir ninguna promesa hasta cuando sean elegidos (justo cuando ya no les importará tanto cumplirlas). Por el contrario, al presidente en ejercicio le exigirán que sus promesas se cumplan de inmediato (al fin y al cabo si no las cumple cuando necesita hacerlo, menos probable resultará que lo haga luego). De otro lado, los candidatos no oficialistas podrán aprovechar un cierto descontento a raíz del manejo dado a los diálogos de paz, entre otras controversiales políticas que ha llevado a cabo el actual huésped de la Casa de Nariño. Otro gran punto a explotar es el gran sector integrado por los indecisos y los abstencionistas, a éstos debería ir dirigida la campaña opositora.

Tiempos arduos se avecinan para el país y para Santos, en los que varios de la manada que el presidente necesitará mantener contenta, disertarán y buscarán terrenos más fértiles para sus intereses. No sólo partidos políticos, sino también gremios y demás grupos de acción colectiva buscarán someter a la mayor presión posible al gobierno, que dicho sea de paso se encuentra de por si forzado a ejecutar todo lo que no logró en 3 años.

Quedan sin embargo varios interrogantes, ¿Hasta qué punto se expandirá en Colombia ese sentimiento de inconformidad y protesta observado en varios países de la región y del mundo? ¿Qué resultados darán las conversaciones en La Habana? ¿Qué efectos tendrá el enfriamiento de la agricultura y la industria en el movimiento político regional? ¿Qué papel jugarán los llamados independientes y sectores de opinión? Dependiendo de la evolución de estos (y otros) aspectos variará el panorama, y con él los posibles resultados.
Un último aspecto que vale la pena recalcar será la posibilidad de que las campañas del próximo año se tornen agresivas. Cada actor en el juego tiene elementos para realizar múltiples acusaciones de peso a su contraparte, y no dudarán en usarlas cada vez que sea necesario. Dicen que los errores políticos son los que más rápido se pagan, entonces tendrá que haber alguien que pague más.

Por Andrés Espitia:  @afespitia