Salarios, discursos y sofismas

En este país parece que nos hemos acostumbrado a la idea de que la realidad se cambia con leyes y decretos, da la impresión que recurrentemente buscamos la solución a los problemas existentes (y a los que no existen también) en el papel y menos a menudo en la propia realidad.

Cada año, acompañando a buñuelos y natillas como una tradición más de la época festiva, surge el debate sobre el aumento al salario mínimo. Pocos son los que se abstienen de sustentar y defender de forma vehemente una posición sobre el tema y la atmosfera que rodea a éste asunto se ambienta casi como si se tratase de la sentencia que definirá el estilo de vida de la nación entera durante el próximo año.

Sin entrar a estudiar profundamente cual sería el aumento al salario mínimo más conveniente para el país, basta con observar las noticias y demás medios de información para percibir que tal decisión está enmarcada en una discusión que tiende más hacia criterios políticos que técnicos. Los tweets del Presidente Santos, las declaraciones de Óscar Zuluaga y las de su jefe político Álvaro Uribe, dejan claro que éste tipo de decisiones son vistas más como un instrumento para ganar simpatías y apoyo que como un espacio para debatir profundamente las realidades del mercado laboral colombiano.

Tweets del Presidente Santos

Y lo cierto es que el aumento del 4.5% del salario mínimo que terminó acordándose afectará a un porcentaje no despreciable de la fuerza laboral colombiana. Sin embargo, es importante destacar que alrededor de la mitad de la población ocupada labora en empleos informales y no ven necesariamente afectados sus ingresos a raíz de dicho aumento. De hecho, el segmento de menores ingresos de la población es el más proclive a tener baja productividad como resultado de menores niveles de acceso a servicios de educación y salud y por ende menos probabilidad de encontrar empleos en el sector formal.

Un aumento exagerado del salario mínimo no sólo sería ineficaz en el propósito de aumentar los ingresos de los más pobres, sino que de hecho agudizaría el desempleo y la informalidad, grandes cuellos de botella de la economía colombiana, deteriorando aún más la situación de dicha población. El debate debería concentrarse en alternativas para aumentar la productividad de esa gran cantidad de colombianos que no pueden acceder a los empleos mejores remunerados y disminuir la cantidad de personas que apenas pueden ganar el mínimo salario legal, sería bastante limitado y facilista disminuir la complejidad de ésta situación al mero aumento de una cifra.

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Foto cortesía de @DianaMunuzC

En definitiva, existe un enorme trabajo por hacer, y no es la demagogia la que proporcionará los avances deseados. En un país donde hasta los funerales tienden a ser politizados y la atención se la roban los discursos grandilocuentes y no las investigaciones concienzudas, es necesario hablarles a las personas de los verdaderos alcances de las políticas, teniendo en cuenta que ni una devaluación equivale a una salvación permanente para sector exportador, y que tampoco una negociación del salario mínimo dará solución a las deficientes condiciones de vida que muchos colombianos enfrentan. Urge alejar del debate sofismas y populismos y atacar cada problema por su verdadera raíz.

 

Por Andres Espítia: @afespitia