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Viviendo una fe sin culto

Grandes iglesias que fueron en otros tiempos lugar de encuentro para multitud de creyentes, de celebración de la fe, se han convertido hoy en museos, bibliotecas, lugar de reuniones sociales, bingos y hasta sitio para organizar una que otra “fiestica”. En países como Canadá, Francia, Estados Unidos entre otros, es muy natural ver que esos lugares ya no cumplen con su misión primera: ser espacio de encuentro del Pueblo con el Dios vivo.

Las iglesias, en numerosas ciudades de América del Norte y Europa, se han vaciado y parecen ser las huellas de una cristiandad agonizante destinada a desaparecer. En América Latina la situación posee otros matices: las iglesias continúan siendo visitadas y aún hay creyentes que asisten regularmente a las celebraciones litúrgicas. En este contexto la crisis no se evidencia en el vaciamiento de las iglesias, pero si se presiente en una fe cada vez más desinstitucionalizada, que quiere crecer y desarrollarse fuera de la institución, en ocasiones al margen de su doctrina, de su moral y de su culto. A pesar de la gran fe y piedad popular que se percibe en nuestros países latinoamericanos, no podemos negar que se presentan de manera variada descomposiciones y recomposiciones de las creencias religiosas: creer sin practicar; una fe independiente del compromiso, de lo popular, de la dimensión socio-política; creer sin necesidad de celebrar, de actualizar la memoria “peligrosa” pasión, muerte, resurrección de Jesús; una fe aislada de lo comunitario, del prójimo, del servicio y la fraternidad. En el fondo pareciese una cuestión minúscula pero está en juego la identidad y la pertinencia de la fe cristiana: una fe que no se comprende sin su dimensión eclesial, social, celebrativa.

¿Qué ha pasado con los creyentes? ¿Por qué han decidido no volver a estos lugares sagrados para profesar su fe? ¿Este vaciamiento de las iglesias es expresión de una crisis profunda del cristianismo? ¿De la fe católica? ¿Es posible vivir la fe alejados de una experiencia litúrgica–cultica? ¿Cómo celebran la fe en el Dios resucitado estos creyentes que han abandonado el culto? ¿Se pueden llamar cristianos? ¿A quién responsabilizar de esta situación? ¿A la iglesia que ha perdido su credibilidad o al mundo que tiene otro culto más fuerte, el del capitalismo y el consumo?

La situación y las respuestas son complejas y variadas. Unos explican la situación a partir de fenómenos al exterior de la Iglesia, aduciendo a la secularización, laicización, el indiferentismo, el relativismo y el ateísmo (ya se escucha el neologismo de sociedades post-ateas). Otros buscan razones al interior de la Iglesia: su autoritarismo, su pérdida de credibilidad, su marcado clericalismo, su centralismo sofocante. Detenernos a analizar cada punto sería una tarea titánica; pero la complejidad de los fenómenos no impide abordar la situación de manera reflexiva. Estar viviendo de cerca esta situación – “de un vaciamiento de iglesias y de una fe que progresivamente se diluye” – me ha llevado a pensar. Las siguientes reflexiones son pues un punto de vista y por lo tanto la vista desde un punto.

En algún momento leyendo un gran teólogo latinoamericano, Jon Sobrino, pude constatar que detrás de toda crisis eclesial, existe una crisis de fondo, una crisis de la imagen que tenemos de Dios, de Jesús de Nazareth. Ya el teólogo dominico Edward Schillebeeckx se preguntaba si este alejamiento de creyentes, de pérdida de fe, no se debía a la incapacidad de la Iglesia de presentar verdaderamente el mensaje de Jesús como Buena Noticia, como algo que produce gozo y no miedo y coerción. Unido a las intuiciones de estos dos grandes teólogos contemporáneos, osaría en afirmar que este “vaciamiento” y esta “fuga” se deben en el fondo a figuras “alienadas” de Dios, de Jesús-cristo. Una divinidad que ha servido para justificar el autoritarismo, el centralismo, la falta de libertad, la ley más que el espíritu. Una imagen alienada de Dios es en ocasiones la que ha quedado en la mente y los espíritus de nuestros fieles. En este mundo “adulto” de libertades, de democracia, de derechos, un Dios que está por encima del hombre para ser Dios, y el cual basa su señorío en la esclavitud del hombre, no tiene cabida. El “dios” que se movía entre el terror y el infierno (el limbo hasta para aquellas almas inocentes) y que fue gran instrumento de “evangelización” está cuestionado gracias a un hombre que se siente ya no dominado sino dominador de la creación. El supuesto “dios” que justificaba el aniquilamiento de pueblos indígenas enteros a manos de conquistadores y apoyado por la “buena fe” de la iglesia, ha desaparecido del escenario. En parte, aunque suene ambiguo, habría que “perdonar a Dios” porque en Él se han proyectado los pensamientos más perversos, más inhumanos y totalmente contrarios al verdadero Dios. Jugando con la imagen de Dios, de Jesús, haciéndolo a imagen y semejanza suya, las instituciones más nobles y los hombres más religiosos han podido alejar a la creatura del creador.

La crisis eclesial, en este contexto, está marcada por una imagen tergiversada de Dios, de Jesús, de la fe. El hombre se ha despertado de su sueño dogmático, se ha liberado del autoritarismo del dogma y en este proceso ha quedado “Dios agonizante”, diría mejor, la imagen creada por los seres humanos. Pero si Dios y Jesús-cristo han sido objeto de grandes manipulaciones, también han sido alejados del Reino. La confesión de Jesús como el Cristo es un aspecto nuclear para nuestra fe. En el culto confesamos que Jesús es el mesías, es el salvador. Pareciera que solo con eso basta. Que el absoluto solo es Jesús aislado de toda su historia, de su causa, del Reino de Dios, de su práctica, de sus destinatarios. Una realidad tan importante como el seguimiento de Jesús se ha diluido detrás de un culto infértil que se ha desconectado de la dimensión activa del proseguir aquello que llevó a Jesús a ser considerado como el Hijo de Dios, el mesías, el Kyrios.

Los profetas desde la antigüedad han denunciado un culto que no es verdadero, aquel de la ofrenda exterior, de los holocaustos que no son agradables a Dios. ¡Misericordia quiero y no sacrificios! No quiero pues minusvalorar la confesión que en el culto hacemos de Jesús como Cristo, pero si es mi intención dejar claro que Jesús nunca se predicó a sí mismo, ni Dios fue entendido fuera de la relación recíproca con el Reino, con la esperanza de un mundo según Dios. La tarea, propuesta ya por Karl Rahner, de ser “Cristos deficientes” se ha esfumado en un culto que no tocó la vida, que no concretó el valor teológico-pastoral de ser hijos en el Hijo, de la filiación y de la fraternidad. Misericordia quiero y no sacrificios, hacer justicia al huérfano y a la viuda. El culto verdaderamente cristiano no deja de lado la mediación, el Reino. Jesús estuvo siempre en referencia a él. Su destino en cruz no es arbitrario, ni excusa de Dios para calmar su cólera, sino el resultado de la puesta en práctica del Reino de Dios. Claro que en ocasiones es más fácil y simple buscar refugio y seguridades en los rubricismos, que hacerse discípulo, tomando la cruz y siguiendo al maestro.

Esta realidad de iglesias vacías, de “creyentes” que han recorrido el camino inverso de Pablo (de creyentes a “indiferentes”… a no “creyentes”….) es el síntoma (uno entre muchos) de algo que no anda bien, y que algo está cambiando. Al menos el superado malsano “triunfalismo eclesial” y la concepción de Iglesia como “sociedad perfecta” son elementos que favorecen un espíritu de honestidad de cara a la situación. Tengo la esperanza que esa Iglesia, cuerpo de Cristo, sacramento de salvación, signo del Reino no olvide esa primera palabra que aparecía en la confesión judía “escucha Israel”. Lo más grave frente a una crisis, no es en sí ella misma, sino la incapacidad de encargarse de ella, de asumirla, de hacerse cargo. El síntoma es innegable y el pronóstico evidente; hoy más que nunca se requiere una espiritualidad, una utopía y una praxis cristiana que no sean “baratas” (en palabras del teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer). Nuestras iglesias se seguirán vaciando cada vez más, si la fe, Dios, Jesús pasan por el lado de las preguntas más fundamentales del hombre, de la historia. La pregunta por Dios siempre remitirá a la pregunta por el hombre, por la humanidad y viceversa.

 

Por Juan Manuel Torres Serrano
Docente cátedra. CETRE. Universidad del Rosario.
PhD en Teología. Université Laval. Quebec. Canadá.